RESPLANDORES SAGRADOS (I)

 

 

Et le poète soûl engueulait l’univers.

(Rimbaud)

 

A mis dieciséis años yo tenía la cabeza llena de política. Mis escasas contribuciones a la clase en aquel elitista colegio donde estudiaba solían reducirse a unos inconexos discursos patrióticos con los que, por encima de todo, buscaba cabrear a todo el mundo. Y solía conseguirlo. Por aquel entonces, D. era sólo una cara más en la clase, y no fue hasta pasada la mitad de curso que hablamos por primera vez.

Era hijo de uno de los más prestigiosos cirujanos del país. Una tarde, ignoro la razón, me invitó a su casa a la salida del colegio. Vivía en una especie de mansión de la Bonanova. Estuvimos fumando hierba que plantaba él mismo en su jardín y, a pesar de que eran los años del punk, escuchamos en su cuarto viejos discos de Dylan, Jefferson Airplane, Grateful Dead y gente así.

Cuando salíamos de su habitación, le hice notar que se había dejado el disco sonando.

–Ya lo sé –me dijo–. Lo hago para que mis libros escuchen música.

Aunque no dije nada, aquello me gustó.

Mi nuevo amigo fue el primero que me habló de la generación beat. Le fascinaba todo aquel movimiento. Gracias a él leí a Gingsberg, a Burroughs, la novela de Kerouac y, aunque posterior, el enloquecido viaje de los Merry Pranksters a lomos del LSD. Sus impresiones de algunos de aquellos libros resultaban tan buenos o mejores que los libros en sí. Era acojonante. Recuerdo mantener con él, en la bodega donde nuestro grupo pasaba la mayor parte del tiempo escolar, charlas interminables sobre todos aquellos escritores santos que recorrían el país, de punta a punta, por el puro placer del movimiento. Se apuntó bastante gente al club. Bebíamos, fumábamos y jugábamos a los dados hasta la hora de comer. Él pasaba de un autor a otro, de un poema al otro, con la velocidad de una ametralladora. Como una reencarnación barcelonesa de Dean Moriarty. Reíamos. Ligábamos… Aquellos eran también “resplandores sagrados” de juventud, y pronto la política y todas aquellas gilipolleces innecesarias quedaron completamente fuera de mi cabeza.

Jamás en mi vida he disfrutado de mañanas tan cojonudas como aquellas.

De tanto en tanto aparecíamos por clase. Un día, junto con otro chaval, nos pusieron en el mismo grupo para un trabajo de sociales. Por lo que sé, tenía que tocarse un tema de actualidad. Se aproximaba final de curso y todo el mundo se esmeró de lo lindo: biblioteca, gráficos, fotos, reseñas bibliográficas… El nuestro constaba apenas de una única hoja de bloc, y su título era bastante explícito:

LAS DROGAS Y SUS MULTICOLORES EFECTOS EN LA MENTE HUMANA

El adjetivo “multicolores” había sido un añadido de última hora de D.

La idea para la puesta en común del trabajo la saqué de una película que habían pasado de madrugada por la tele unas semanas atrás. No fue, desde luego, la más brillante de mi vida: salimos a la pizarra, cogí la hoja y, tras leer el título, saqué del bolsillo un canuto que habíamos liado en el descanso, lo mostré al respetable y dije:

–Damas y caballeros: esto es un porro.

Lo encendí y, ante la mirada atónita de la clase, aspiré un par de caladas.

La profesora, una simpática jovencita, novata en estas lides, se quedó aplastada en su rincón, mirándonos desde su mesa como hipnotizada.

–El porro se pasa –dije a continuación, mientras se lo ofrecía a mi compañero–. Si no lo haces y te lo fumas tú solo, entonces eres un cabrón y también un buitre. Damas y caballeros, por favor repitan conmigo: “Buiiiiiiiitre”.

Como si también estuvieran bajo los efectos de la hipnosis, la clase al completo repitió entre risas: “Buiiiiiiiiiitre…” Y fue entonces cuando la profesora acertó a reaccionar: abandonó su mesa de un salto al grito de: “¡Parad, parad esto!”.

Y diez minutos más tarde nos habían expulsado formalmente a los tres del colegio.

Fue una gran idiotez.

Pero a ninguno, la verdad sea dicha, nos importó mucho. Yo ya me había alistado en el ejército y D. se fue a vivir con una prima suya al Canadá. No volvimos a vernos en los dos años siguientes. Un día, poco antes de licenciarme, me encontré por la calle a un amigo común y le pregunté por él.

–¿No lo sabes?

–¿El qué?

–Se ha hecho esquimal.

–¿Esquimal? ¿Te estás quedando conmigo?

–En serio. Conoció en Canadá a una chica de la tribu de los inuit y lleva un año viviendo en un iglú con ella.

Pero resultó que no me tomaba el pelo. Llegó a enseñarme la carta que había recibido para que me convenciera. (D. había enviado varias, más o menos similares, a sus amigos) En ella contaba lo que ya he referido de los inuit, y se explayaba sobre lo mucho que le gustaba su nueva vida serena y llena de paz en el desierto ártico. Al final adjuntaba un completo diagrama de su iglú y de cómo pescaba haciendo un agujero en el hielo.

Era un esquimal pescador. Todos en su tribu vivían de la pesca y la venta de pieles.

Por supuesto, no había ni una sola palabra de verdad en todo aquello. Las cartas, como supe después, habían sido escritas desde un confortable apartamento del centro de Ottawa en mañanas de resaca; pero durante mucho tiempo la gente pensaba que el bueno de D. se había convertido en esquimal.

Lo cierto es que se estaba cepillando a su prima. Pero ella tampoco tenía nada que ver ni con los esquimales ni con la pesca en el hielo.

Poco después volveríamos a encontrarnos y nuestras vidas se complicarían hasta extremos insospechados.

[CONTINUARÁ]